
Probablemente, por un simbolismo fálico, que en cierto modo enlazaría con la promiscuidad de los seres endemoniados.
Los vuelos de las brujas no ha sido un tema baladí y llegó a inquietar al mismísimo Felipe II (1527-1598), hasta el punto de que creó una delegación a la que encargó llevar a cabo una minuciosa investigación. Los comisionados, todos ellos hombres de reconocido prestigio académico, se desplazaron hasta Galicia, donde se decía que había mayor número de brujas por metro cuadrado.
Después de realizar las pesquisas que consideraron oportunas regresaron a la Corte y concluyeron que, efectivamente, las brujas volaban. Incluso llegaron a afirmar que fueron testigos de uno de esos vuelos. Es fácil imaginar la cara de susto que se le quedó al monarca. Para los más curiosos, el informe que redactaron los encomendados se conserva actualmente en el archivo de la biblioteca del monasterio de El Escorial.
LAS PÓCIMAS
Sabemos que estas mujeres tenían vastos conocimientos de plantas, con las cuales preparaban todo tipo de pociones. Eran unas verdaderas “cocinillas”, que tan bien preparaban un filtro de amor como aliñaban un ungüento con poder cicatrizante.
Entre los numerosos ingredientes que empleaban se encuentran, por citar sólo algunos, las solanáceas, la mandrágora, la belladona, el estramonio, el beleño negro y la aconitina.
La aconitina está compuesta por acónito, una sustancia que se absorbe muy bien a través de la piel, lo cual hace posible que se pueda usar en forma de pomadas. Entre los efectos del acónito se encuentran las alucinaciones y la taquicardia. Dicho de otro modo, si una persona se embadurna todo su cuerpo con aconitina puede llegar a tener alucinaciones que la hagan creer que está volando.
Ahora bien, no es lo mismo frotarse la aconitina a nivel de las manos, que en la zona de las mucosas –labios, vagina, ano y ojos- ya que en estas últimas la absorción de esa sustancia, y con ella los efectos químicos, son mayores y más inmediatos.
Fuente: ABC
Comentarios
Publicar un comentario